Cátaros en Teruel

Cátaros en Teruel


 Fuente del mapa: Guía Michelin


Enmarcadas en rojo aparecen las localidades de la provincia de Teruel, además de la capital, donde nos ha quedado algún testimonio (aunque sea muy remoto en algunos casos) de presencia cátara entre los siglos XIII y XIV. Las localidades son, pues:
-      Teruel capital
-      Alcañiz
-      Calanda
-      Valderrobres
-      Cretas
-      Fuentespalda
-      Ráfales
-      Monroyo
-      Torre de Arcas
La provincia de Teruel se encuentra entre las dos zonas en que los cátaros se refugiaron mayoritariamente: Catalunya (por su proximidad a Francia) y Castellón (con el núcleo de Sant Mateu como gran centro cátaro). Por consiguiente, hemos de deducir que los colectivos cátaros turolenses debieron ser de una importancia relevante, pese a que no nos hayan quedado muchos restos que lo atestigüen.
La distribución geográfica sigue una cierta lógica. Además de las poblaciones más importantes –Teruel capital y Alcañiz-, el resto de núcleos cátaros se distribuye por el Matarraña, que es el paso obligado viniendo de Catalunya para terminar el viaje en Castellón y Morella.




Catarismo
Wikipedia
 
Cruz cátara, también cruz de Occitania.

El catarismo es la doctrina de los cátaros (o albigenses), un movimiento religioso de carácter gnóstico que se propagó por Europa Occidental a mediados del siglo X, logrando arraigar hacia el siglo XII1 entre los habitantes del Mediodía francés, especialmente en el Languedoc, donde contaba con la protección de algunos señores feudales vasallos de la corona de Aragón.

Con influencias del maniqueísmo en sus etapas pauliciana y bogomila, el catarismo afirmaba una dualidad creadora (Dios y Satanás) y predicaba la salvación mediante el ascetismo y el estricto rechazo del mundo material, percibido por los cátaros como obra demoníaca.

En respuesta, la Iglesia Católica consideró sus doctrinas heréticas. Tras una tentativa misionera, y frente a su creciente influencia y extensión, la Iglesia terminó por invocar el apoyo de la corona de Francia, para lograr su erradicación violenta a partir de 1209 mediante la Cruzada albigense. A finales del siglo XIII el movimiento, debilitado, entró en la clandestinidad y se extinguió poco a poco.


Etimología

El nombre «cátaro» viene probablemente del griego καθαρός (kazarós): ‘puro’. Otro origen sugerido es el término latino cattus: ‘gato’, el alemán ketter o el francés catiers, asociado habitualmente por la Iglesia a "adoradores del diablo en forma de gato" o brujas y herejes. Una de las primeras referencias existentes es una cita de Eckbert von Schönau, el cual escribió acerca de los herejes de Colonia en 1181: «Hos nostra Germania cátharos appéllat».

Los cátaros fueron denominados también albigenses. Este nombre se origina a finales del siglo XII, y es usado por el cronista Geoffroy du Breuil of Vigeois en 1181. Se ha creído que este nombre se refiere a la ciudad occitana de Albi (la antigua Álbiga), pero esta denominación no parece muy exacta, puesto que el centro de la cultura cátara estaba en Tolosa (Toulouse) y en los distritos vecinos. Tal vez, por considerarse puros, se autodenominaban albinos, que tendría su origen en la raíz "alb", que significa blanco, raíz de la que derivan nombres como Albania. También recibieron el nombre de «poblicantes», siendo este último término una degeneración del nombre de los paulicianos, con quienes se les confundía.

Además era llamada "la secta de los tejedores" por el hecho de ser los tejedores y vendedores de tejidos sus principales difusores en Europa occidental.


Orígenes

El catarismo llegó a Europa occidental desde Europa oriental a través de las rutas comerciales, desalojados por Bizancio. Sus creencias se asentaron en Occidente y se propagaron por distintos países. Por ello, los albigenses recibían también el nombre de búlgaros (Bougres) y mantenían vínculos con los bogomilos de Tracia, con cuyas creencias tenían muchos puntos en común y aún más con la de sus predecesores, los paulicianos. Sin embargo, es difícil formarse una idea exacta de sus doctrinas, ya que existen pocos textos cátaros. Los pocos que aún existen (Rituel cathare de Lyon y Nouveau Testament en provençal) contienen escasa información acerca de sus creencias y prácticas.

Los primeros cátaros propiamente dichos aparecieron en Lemosín entre 1012 y 1020. Algunos fueron descubiertos y ejecutados en la ciudad languedociana de Toulouse en 1022. La creciente comunidad fue condenada en los sínodos de Charroux (Vienne) (1028) y Tolosa (1056). Se enviaron predicadores para combatir la propaganda cátara a principios del siglo XII. Sin embargo, los cátaros ganaron influencia en Occitania debido a la protección dispensada por Guillermo, duque de Aquitania, y por una proporción significativa de la nobleza occitana. El pueblo estaba impresionado por los Perfectos y por la predicación antisacerdotal de Pedro de Bruys y Enrique de Lausanne en Périgord.


Creencias

La creencia cátara tenía sus raíces religiosas en formas estrictas del gnosticismo y el maniqueísmo. En consecuencia, su teología era dualista radical, basada en la creencia de que el universo estaba compuesto por dos mundos en absoluto conflicto, uno espiritual creado por Dios y otro material forjado por Satán.

Los cátaros creían que el mundo físico había sido creado por Satán, a semejanza de los gnósticos que hablaban del Demiurgo. Sin embargo, los gnósticos del siglo I no identificaban al Demiurgo con el Diablo, probablemente porque el concepto del Diablo no era popular en aquella época, en tanto que se fue haciendo más y más popular durante la Edad Media.

Según la comprensión cátara, el Reino de Dios no es de este mundo. Dios creó cielos y almas. El Diablo creó el mundo material, las guerras y la Iglesia Católica. Ésta, con su realidad terrena y la difusión de la fe en la Encarnación de Cristo, era según los cátaros una herramienta de corrupción.

Para los cátaros, los hombres son una realidad transitoria, una “vestidura” de la simiente angélica. Afirmaban que el pecado se produjo en el cielo y que se ha perpetuado en la carne. La doctrina católica tradicional, en cambio, considera que aquél vino dado por la carne y contagia en el presente al hombre interior, al espíritu, que estaría en un estado de caída como consecuencia del pecado original. Para los católicos, la fe en Dios redime, mientras que para los cátaros exigía un conocimiento (gnosis) del estado anterior del espíritu para purgar su existencia mundana. No existía para el catarismo aceptación de lo dado, de la materia, considerada un sofisma tenebroso que obstaculizaba la salvación.

Los cátaros también creían en la reencarnación. Las almas se reencarnarían hasta que fuesen capaces de un autoconocimiento que les llevaría a la visión de la divinidad y así poder escapar del mundo material y elevarse al paraíso inmaterial. La forma de escapar del ciclo era vivir una vida ascética, sin ser corrompido por el mundo. Aquellos que seguían estas normas eran conocidos como Perfectos. Los Perfectos se consideraban herederos de los apóstoles, con facultades para anular los pecados y los vínculos con el mundo material de las personas.

Negaban el bautismo por la implicación del agua, elemento material y por tanto impuro, y por ser una institución de Juan Bautista y no de Cristo. También se oponían radicalmente al matrimonio con fines de procreación, ya que consideraban un error traer un alma pura al mundo material y aprisionarla en un cuerpo. Rechazaban comer alimentos procedentes de la generación, como los huevos, la carne y la leche (sí el pescado, ya que entonces era considerado un "fruto" espontáneo del mar).

Siguiendo estos preceptos, los cátaros practicaban una vida de férreo ascetismo, estricta castidad y vegetarianismo. Interpretaban la virginidad como la abstención de todo aquello capaz de “terrenalizar” el elemento espiritual.



Vista del Castillo de Montségur, fortaleza-santuario del catarismo.


Otra creencia cátara opuesta a la doctrina católica era su afirmación de que Jesús no se encarnó, sino que fue una aparición que se manifestó para mostrar el camino a Dios. Creían que no era posible que un Dios bueno se hubiese encarnado en forma material, ya que todos los objetos materiales estaban contaminados por el pecado. Esta creencia específica se denominaba docetismo. Más aún, creían que el dios Yahvé descrito en el Antiguo Testamento era realmente el Diablo, ya que había creado el mundo y debido también a sus cualidades («celoso», «vengativo», «de sangre») y a sus actividades como «Dios de la Guerra». Los cátaros negaban por ello la veracidad del Antiguo Testamento.

Además, el modo de vida ascético predicado y practicado por los Perfectos contrastaba con la corrupción y el lujo ampliamente extendidos en la Iglesia católica, representando una amenaza para la supervivencia de las diócesis católicas en un medio rural empobrecido y cansado de diezmos eclesiásticos.

El consolamentum era el único sacramento de la fe cátara, con excepción de una suerte de Eucaristía simbólica, el Melioramentum, sin transubstanciación (si Cristo era una entidad exclusivamente espiritual, no encarnada, el pan no podía convertirse en el cuerpo de Cristo).

Los cátaros también consideraban que los juramentos eran un pecado, puesto que ligaban a las personas con el mundo material.


Supresión de la doctrina cátara

En 1147, el papa Eugenio III envió un legado a los distritos afectados para detener el progreso de los cátaros. Los escasos y aislados éxitos de Bernardo de Claraval no pudieron ocultar los pobres resultados de la misión ni el poder de la comunidad cátara en la Occitania de la época. Las misiones del cardenal Pedro (de San Crisógono) a Tolosa y el Tolosado en 1178, y de Enrique, cardenal-obispo de Albano, en 1180-1181, obtuvieron éxitos momentáneos. La expedición armada de Enrique de Albano, que tomó la fortaleza de Lavaur, no extinguió el movimiento.

Las persistentes decisiones de los concilios contra los cátaros en este periodo —en particular, las del Concilio de Tours (1163) y del Tercer Concilio de Letrán (1179)— apenas tuvieron mayor efecto. Cuando Inocencio III llegó al poder en 1198, resolvió suprimir el movimiento cátaro con la definición sobre la fe del IV Concilio de Letrán.


Esfuerzos pacíficos para combatir la doctrina cátara

Santo Domingo y los albigenses de Pedro Berruguete.


A raíz de este hecho, la posibilidad cada vez más real de que Inocencio III decidiese resolver el problema cátaro mediante una cruzada provocó un cambio muy importante en la política occitana: la alianza de los condes de Tolosa con la Casa de Aragón. Así, si Raimundo V (1148-1194) y Alfonso II de Aragón (1162-1196) habían sido siempre rivales, en 1200 se concertó el matrimonio entre Ramón VI de Tolosa (1194-1222) y Eleonor de Aragón, hermana de Pedro II el Católico, quien, en 1204, acabaría ampliando los dominios de la Corona de Aragón con el Languedoc al casarse con María, la única heredera de Guillermo VIII de Montpellier.

Al principio, el Papa Inocencio III probó con la conversión pacífica, enviando legados a las zonas afectadas. Los legados tenían plenos poderes para excomulgar, pronunciar interdictos e incluso destituir a los prelados locales. Sin embargo, éstos no tuvieron que lidiar únicamente con los cátaros, con los nobles que los protegían, sino también con los obispos de la zona, que rechazaban la autoridad extraordinaria que el papa había conferido a los legados. Hasta tal punto que, en 1204, Inocencio III suspendió la autoridad de los obispos en Occitania. Sin embargo, no obtuvieron resultados, incluso después de haber participado en el coloquio entre sacerdotes católicos y predicadores cátaros, presidido en Béziers en 1204, por el rey aragonés Pedro el Católico.

El monje cisterciense Pedro de Castelnau, un legado papal conocido por excomulgar sin contemplaciones a los nobles que protegían a los cátaros, llegó a la cima excomulgando al conde de Tolosa, Raimundo VI (1207) como cómplice de la herejía. El legado fue asesinado cerca de la abadía de Saint Gilles, donde se había reunido con Raimundo VI, el 14 de enero de 1208, por un escudero de Raimundo de Tolosa. El escudero afirmó que no actuaba por orden de su señor, pero este hecho, poco creíble, fue el detonante que comenzó la cruzada contra los albigenses.

El Papa convocó al rey Felipe II de Francia para dirigir una cruzada contra los cátaros, pero esa primera convocatoria fue desestimada por el monarca francés, al que le urgía más el conflicto con el rey inglés Juan Sin Tierra. Entonces Pedro el Católico, que se acababa de casar, acudió a Roma en donde Inocencio III le coronó solemnemente y, de esta manera, el rey de la Corona de Aragón se convertía en vasallo de la Santa Sede, con la cual se comprometía a pagar un tributo. Con este gesto, Pedro el Católico pretendía proteger sus dominios del ataque de una posible cruzada. El Papa, por su parte, receloso de la actitud del rey aragonés hacia los príncipes occitanos sospechosos de tolerar la herejía (e incluso de practicarla), no quiso delegar nunca la dirección de la cruzada a Pedro el Católico. Posteriormente, el rey aragonés y su hermano Alfonso II de Provenza tomaron medidas contra los cátaros provenzales.


La cruzada contra la herejía

Expulsión cátara de Carcasona.


En 1207, al mismo tiempo que Inocencio III renovaba las llamadas a la cruzada contra los herejes, dirigidas ahora no sólo al rey de Francia, sino también al duque de Borgoña y a los condes de Nevers, Bar y Dreux, entre otros, el legado papal Pedro de Castelnau dictó sentencia de excomunión contra Raimundo VI, ya que el conde de Tolosa no había aceptado las condiciones de paz propuestas por el legado, en las que se obligaba a los barones occitanos a no admitir judíos en la administración de sus dominios, a devolver los bienes expoliados a la Iglesia y, sobre todo, a perseguir a los herejes. A raíz de la excomunión, Raimundo VI tuvo una entrevista con Pedro de Castelnau en Sant Geli en enero de 1208, muy tempestuosa y conflictiva, de la que no salió ningún acuerdo.

Ante lo inútil de los esfuerzos diplomáticos el Papa decretó que toda la tierra poseída por los cátaros podía ser confiscada a voluntad y que todo aquel que combatiera durante cuarenta días contra los "herejes", sería liberado de sus pecados. La cruzada logró la adhesión de prácticamente toda la nobleza del norte de Francia. Por tanto, no es sorprendente que los nobles del norte viajaran en tropel al sur a luchar. Inocencio encomendó la dirección de la cruzada al rey Felipe II Augusto de Francia, el cual, aunque declina participar, sí permite a sus vasallos unirse a la expedición.

El 21 de julio de 1209 los cruzados se apostaron delante de Béziers; Simón de Montfort al frente del ejército cruzado atacó la ciudad y exterminó a una parte de la población sin tener en cuenta su filiación religiosa y pronunciando, según la crónica que escribió Cesáreo de Heisterbach más de 50 años después de los hechos, la frase:"¡Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos!". Atribuida a Arnaldo Amalrico, quien fuera legado papal, inquisidor y ferviente enemigo de los albigenses.

Esta primera matanza, de 7.000 a 8.000 personas, que tuvo lugar principalmente en la iglesia de la Madeleine, no entraba en las costumbres de la época. Está considerada más bien un golpe de efecto o instauración de terror entre la población: causar pánico para evitar resistencia en los señores del Mediodía, según algunos cronistas, aunque otros resaltan el comportamiento y carácter cruel del jefe militar de la cruzada.

Tras la conquista de Béziers, la cruzada avanzó hacia Carcasona, la masacre de Beziers causó efecto y todas las fortalezas y burgos iban capitulando sin ofrecer resistencia.
Los cruzados llegaron a Carcasona el 1 de agosto de 1209. Pedro II de Aragón cabalgó hasta la ciudad solicitando condiciones de paz aceptables para su sobrino Raimon Roger Trencavel. Arnaud Amaury exigió a su vez sus condiciones: solo autorizar a Raimon Roger y doce acompañantes el abandonar la ciudad. Condiciones inaceptables para Trencavel que, con sólo veinticuatro años, moriría en las mazmorras de la que había sido su propia fortaleza una vez tomada la Cité. Reforzado en su puesto de jefe de los cruzados, Montfort emprende a continuación la conquista de la región de Rasez. Montréal, Preixan, Fanjeaux,Montlaur, Bram van cayendo sistemáticamente a su paso. Desde ahí pone cerco a Minerve. Es junio de 1210 y a la caída de la villa ciento cuarenta cátaros serán quemados vivos.6 A continuación durante cuatro meses asedia el Castillo de Termes y acto seguido el de Puivert que caerá en solo tres días. Tras la caída de estos dos bastiones, Pierre-Roger de Cabaret decide entregar los Castillos de Lastours al jefe cruzado a cambio de la liberación de Bouchard de Marly, señor deSaissac.

A finales de ese mismo año Montfort controla el este del Languedoc y es nombrado vizconde de Rasez. Está preparado para adentrarse en los dominios de los dos señores más poderosos de Occitania, los condes de Tolosa y Foix.

Y lo hará precisamente por la villa de Lavaur, a poco más de treinta kilómetros de la ciudad del Garona. El 3 de mayo de 1211 sus tropas entran en la ciudad desatando una feroz represión. El señor Aymeri de Montréal y ochenta de sus caballeros son ahorcados, su hermana Guiraude embarazada es lapidada en el fondo de un pozo y cuatrocientos cátaros quemados vivos.6 A continuación se dirigen a la cercana Toulouse sin conseguir doblegarla.


La batalla de Muret

La Batalla de Muret, miniatura de las Grandes Crónicas de Francia.

La batalla de Béziers y el expolio de los Trencavel por Simón de Montfort van a avivar entre los poderes occitanos un sentimiento de rechazo hacia la cruzada. Así, en 1209, poco después de la caída de Carcasona, Raimundo VI y los cónsules de Tolosa van a negarse a entregarle a Arnaldo Amalric los cátaros refugiados en la ciudad. Como consecuencia, el legado pronuncia una segunda sentencia de excomunión contra Raimundo VI y lanza un interdicto contra la ciudad de Tolosa.

Para conjurar la amenaza que la cruzada anticátara comportaba contra todos los poderes occitanos, Raimundo VI, después de haberse entrevistado con otros monarcas cristianos –el emperador del Sacro Imperio Otón IV, los reyes Felipe II Augusto de Francia y Pedro el Católico de Aragón– intenta obtener de Inocencio III unas condiciones de reconciliación más favorables. El Papa accede a resolver el problema religioso y político del catarismo en un concilio occitano. Sin embargo, en las reuniones conciliares de Saint Gilles (julio de 1210) y Montpellier (febrero de 1211), el conde de Tolosa rechaza la reconciliación cuando el legado Arnaldo Amalric le pide condiciones tales como la expulsión de los caballeros de la ciudad, y su partida a Tierra Santa.

Después del concilio de Montpellier, y con el apoyo de todos los poderes occitanos –príncipes, señores de castillos o comunas urbanas amenazadas por la cruzada–, Raimundo VI vuelve a Tolosa y expulsa al obispo Folquet. Acto seguido, Simón de Montfort comienza el asedio de Tolosa en junio de 1211, pero tiene que retirarse ante la resistencia de la ciudad.

Para poder enfrentarse a Simón de Montfort, visto en Occitania como un ocupante extranjero, los poderes occitanos necesitaban un aliado poderoso y de ortodoxia católica indudable, para evitar que el de Montfort pudiera demandar la predicación de una nueva cruzada. Así pues, Raimundo VI, los cónsules de Tolosa, el conde de Foix y el de Comenge se dirigieron al rey de Aragón, Pedro el Católico, vasallo de la Santa Sede tras su coronación en Roma en 1204 y uno de los artífices de la victoria cristiana contra los musulmanes en las Navas de Tolosa (julio de 1212). También, en 1198, Pedro el Católico había adoptado medidas contra los herejes de sus dominios.

En el conflicto político y religioso occitano, Pedro el Católico, nunca favorable ni tolerante con los cátaros, intervino para defender a sus vasallos amenazados por la rapiña de Simón de Montfort. El barón francés, incluso después de pactar el matrimonio de su hija Amicia con el hijo de Pedro el Católico, Jaime –el futuro Jaime I (1213-1276), continuó atacando a los vasallos occitanos del rey aragonés. Por su parte, Pedro el Católico buscaba medidas de reconciliación, y así, en 1211, ocupa el castillo de Foix con la promesa de cederlo a Simón de Montfort sólo si se demostraba que el conde no era hostil a la Iglesia.

A principios de 1213, Inocencio III, recibida la queja de Pedro el Católico contra Simón de Montfort por impedir la reconciliación, ordena a Arnaldo Amalric, entonces arzobispo de Narbona, negociar con Pedro el Católico e iniciar la pacificación del Languedoc. Sin embargo, en el sínodo de Lavaur, al cual acude el rey aragonés, Simón de Montfort rechaza la conciliación y se pronuncia por la deposición del conde de Tolosa, a pesar de la actitud de Raimundo VI, favorable a aceptar todas las condiciones de la Santa Sede. En respuesta a Simón, Pedro el Católico se declara protector de todos los barones occitanos amenazados y del municipio de Tolosa.

A pesar de todo, viendo que ése era el único medio seguro de erradicar la "herejía", el papa Inocencio III se pone de parte de Simón de Montfort, llegándose así a una situación de confrontación armada, resuelta en la batalla de Muret el 12 de septiembre de 1213, en la que el rey aragonés, defensor de Raimundo VI y de los poderes occitanos, es vencido y asesinado. Acto seguido, Simón de Montfort entra en Tolosa acompañado del nuevo legado papal, Pedro de Benevento, y de Luis, hijo de Felipe II Augusto de Francia. En noviembre de 1215, el Cuarto Concilio de Letrán reconocerá a Simón de Montfort como conde de Tolosa, desposeyendo a Raimundo VI, exiliado en Cataluña después de la batalla de Muret.

El 1216, en la corte de París, Simón de Montfort presta homenaje al rey Felipe II Augusto de Francia como duque de Narbona, conde de Tolosa y vizconde de Béziers y Carcasona. Fue, sin embargo, un dominio efímero. En 1217, estalla en Languedoc una revuelta dirigida por Raimundo el Joven –el futuro Ramón VII de Tolosa (1222-1249)–, que culmina con la muerte de Simón en 1218 y con el retorno a Tolosa de Raimundo VI, padre de Raimundo el Joven.


El fin de la guerra

Estela situada en el Camp dels Cremats (campo de los quemados), recordando la pira en la que ardieron 200 cátaros defensores de Montsegur.


La guerra terminó definitivamente con el tratado de París (1229), por el cual el rey de Francia desposeyó a la Casa de Tolosa de la mayor parte de sus feudos y a la de Beziers (los Trencavel) de todos ellos. La independencia de los príncipes occitanos tocaba a su fin. Sin embargo, el catarismo no se extinguió.

La Inquisición se estableció en 1229 para extirpar totalmente la herejía. Operando en el sur de Tolosa, Albí, Carcasona y otras ciudades durante todo el siglo XIII y gran parte del XIV, tuvo éxito en la erradicación del movimiento. Desde mayo de 1243 hasta marzo de 1244, la ciudadela cátara de Montsegur fue asediada por las tropas del senescal de Carcasona y del arzobispo de Narbona.

El 16 de marzo de 1244 tuvo lugar un acto, en donde los líderes cátaros, así como más de doscientos seguidores, fueron arrojados a una enorme hoguera en el prat dels cremats (prado de los quemados) junto al pie del castillo. Más aún, el Papa (mediante el Concilio de Narbona en 1235 y la bula Ad extirpanda en 1252) decretó severos castigos contra todos los laicos sospechosos de simpatía con los cátaros.

Perseguidos por la Inquisición y abandonados por los nobles, los cátaros se hicieron más y más escasos, escondiéndose en los bosques y montañas, y reuniéndose sólo subrepticiamente. El pueblo hizo algunos intentos de liberarse del yugo francés y de la Inquisición, estallando en revueltas al principio del siglo XIV. Pero en este punto la secta estaba exhausta y no pudo encontrar nuevos adeptos. Tras 1330, los registros de la Inquisición apenas contienen procedimientos contra los cátaros.


Movimientos similares

Antiguo templo bogomilo en Bosnia.


Los Paulicianos eran una secta semejante. Habían sido deportados desde Capadocia a la región de Tracia en el sureste europeo por los emperadores bizantinos en el siglo IX, donde se unieron con –o más probablemente se transformaron en– los bogomilos. Durante la segunda mitad del siglo XII, contaron con gran fuerza e influencia en Bulgaria, Albania y Bosnia. Se dividieron en dos ramas, conocidas como los albanenses (absolutamente duales) y los garatenses (duales pero moderados). Estas comunidades llegaron a Italia durante los siglos XI y XII. Los milaneses adheridos a este credo recibían el nombre de patarini (patarinos) (o patarines), por su procedencia de Pataria, una calle de Milán muy frecuentada por grupos de menesterosos (pataro o patarro aludía al andrajo). El movimiento de los patarines cobró cierta importancia en el siglo XI como movimiento reformista.


Referencias
1.    ↑ Jacques le Go
ff.Historia Universal siglo XXI.La Baja Edad Media,p.174.ISBN 84-323-0007-7


Bibliografía

•Ávila Granados, Jesús (2005). La Mitología Cátara - Símbolos y pilares del catarismo occitano. Madrid: mr ediciones. ISBN 84-270-3126-2.
•Bereslavskiy, Yohann (2007). CATARISMO XXI - Auténtica espiritualidad de los Cátaros. Barcelona: World Affairs. ISBN 84-611-6945-0.
•Lugio, Giovanni di y otros (2004). El legado secreto de los Cátaros. El libro de los dos principios. Tratado cátaro. Ritual occitano. Comentario al Padre nuestro. Ed.: Francesco Zambon Tr.: César Palma. Madrid: Ediciones Siruela. ISBN 978-84-7844-767-1.





Textos de Eduard Berga Salomó: El Catarismo

Fundación Rosacruz 2012

[Los cátaros] se llamaban simplemente ‘cristianos’, o ‘verdaderos cristianos’ para distinguirse de los seguidores de la ‘falsa Iglesia romana’. Y la gente del pueblo los conocía como los ‘buenos hombres’ y las ‘buenas mujeres’.
(…)

Parece plausible pensar que el origen de los cátaros surge de la necesidad de vivir un cristianismo neo-testamentario apostólico, nacido en la propia tradición occidental, mezcla de helenismo neoplatónico, juanista y paulino, que busca en la interpretación espiritual de las Sagradas Escrituras un camino de salvación por medio de la purificación, a través de una práctica de vida ejemplar y la entrada en el Reino de los Cielos por la recepción del Espíritu Santo apostólico.
(…)

Una de las primeras medidas que se tomó con el nacimiento de la Inquisición en el Concilio de Tolosa del año 1229, fue la prohibición a los laicos de poseer las Escrituras Sagradas, aunque estuvieran escritas en latín. Así lo expresa categóricamente el canon 14 de dicho concilio:

Se prohíbe a los laicos poseer los libros del Antiguo o del Nuevo Testamento, salvo un salterio o un breviario o las horas de la Virgen; y tampoco se les permite tener estos dos últimos libros traducidos en lengua común.

Aún más explícito es el decreto promovido en el Concilio de Tarragona de 1234, en el que se hace referencia a los textos traducidos en romance. En él se establece:

Establecemos que nadie tenga libros del Antiguo y Nuevo Testamento en romance. Y si alguien los tuviera, que los entregue en el término de ocho días después de la publicación de esta constitución al obispo local para que los queme. Si no lo hiciera, tanto si es clérigo como si es laico, que sea considerado como sospechoso de herejía hasta que fuera purgado.
(…)

El cristianismo cátaro era plenamente consciente de que una mejora de la inteligencia humana permitía un desarrollo más justo de la convivencia social. El verdadero progreso humano nunca podía provenir de la penuria social, la opresión o el dogmatismo religioso. Desde el primer momento, se esforzó por elevar la conciencia humana más allá de las supersticiones, el miedo y la intolerancia. Quien fuese capaz de adquirir algo de conocimiento de sí mismo y del mundo había dado ya un gran paso en su perfeccionamiento personal y social.
(…)

Hay una expresión en el catarismo occitano que define perfectamente el ‘camino de verdad y justicia’ que debía seguir el creyente si quería convertirse en un verdadero cristiano: la entendensa del Bé, el entendimiento o la justa comprensión del Bien.

No se trata de un decálogo moral de normas que dice lo que está bien o mal, según el pensamiento cátaro. En realidad, la entendensa del Bé es fundamentalmente un proceso de conocimiento, o mejor dicho, un proceso de recuerdo del conocimiento olvidado, en el que ‘lo bueno’ es aquel acto que nos acerca al verdadero origen del ser humano. Mantenerse en la senda del Bien significaba, en definitiva,  que el alma humana había encontrado a su ‘buen espíritu’ y se había unido a él para comenzar el camino de regreso al paraíso celestial.

De ahí la importancia de la conducta ejemplar que debía mantener todo verdadero cristiano, según el catarismo. Encontramos multitud de fuentes originales que nos relatan esta bonhomía de los llamados perfectos, hasta el punto de ser conocidos por el pueblo, como ya hemos dicho, como ‘buenos hombres’ y ‘buenas mujeres’.
(…)

Evervin [monje de Steinfeld, Alemania], define los rasgos característicos de la herejía:

Esta es su herejía. Dicen que ellos son la única Iglesia, porque sólo ellos siguen la huellas de Cristo, y que son los verdaderos seguidores de la vida apostólica, pues no buscan las cosas de este mundo;  no poseen ni casas, ni tierras, ni dinero alguno: al igual que Cristo  no poseía nada. A vosotros, nos dice, añadía la casa a la casa, la tierra a la tierra, y buscáis lo que es de este mundo; incluso aquellos que de entre vosotros son tenidos como los más perfectos, a saber, los monjes y los canónigos regulares, que no poseen nada propio, ellos lo poseen en común.
(…)

Las Partidas de Alfonso X el Sabio:

E si por aventura no se quisieran quitar de su porfía, devenlos judgar por herejes e darlos después a los jueces seglares e ellos devenles dar pena en esta manera: que si fuere el hereje predicador, a quien dicen consolador, devenlo quemar en fuego de manera que muera.
(…)

[Los cátaros] ponía en tela de juicio, sobretodo, los rituales sacramentales institudos; las reliquias que proliferaban por doquier, a las que consideraban una superchería; el panteón de santos que la Iglesia oficial había creado para su encumbramiento personal y, en especial, la adoración de la cruz, a la que presentaban como un simple instrumento de tortura con el que se había crucificado al Cristo.
(…)

En 1308 leemos una sentencia de Bernard Gui:

Además, ordenamos que las casas en las que fueron heretizados la llamada Ricarda y el llamado Guilhèm sean destruidas hasta sus cimientos, de manera que ninguna de ellas sea nunca más habitada y que lo que fue un lugar de acogimiento a los pérfidos se convierta en un emplazamiento inmundo  que sean convertidas en fosas para el estiércol y un lugar fétido.

Como señala el historiador Julien Théry, dicha norma sigue la fórmula establecida por el propio papa Inocencio III, en 1207, para la destrucción de las casas de los herejes:

La casa donde sea acogido el hereje será destruida completamente; que nadie ose reedificarla y que se convierta en depósito de inmundicias el lugar que fue guardia de pérfidos.
(…)

Fruto de este deseo [de leer directamente los textos sagrados] son las primeras traducciones de la Biblia y los textos de la Patrística en lengua vernácula, tanto por parte del catarismo como de los valdenses. La importancia que para la Iglesia romana tuvo este hecho, aparentemente fútil, lo demuestran los diferentes concilios en los que expresamente se tacharon como heréticos los textos sagrados traducidos en lengua común y se consideró herejes a quienes los poseían.
(…)

Algunos autores consideraron que el catarismo era el preludio de una anarquía social que cavaría con los fundamentos de la convivencia, ya que rechazaba el juramento, pieza básica en la sociedad feudal; prohibía la muerte de otros seres vivos, por tanto, negaba el uso de las armas y promovía lo que hoy denominaríamos objeción de conciencia.
(…)

Por primera vez en Occidente un grupo heterodoxo cristiano constituyó una verdadera comunidad iniciática abierta a cualquier persona, de toda condición y clase social; sin importar la edad, la cultura, el sexo o el estamento en el que estuviera adscrito. Iglesia iniciática, en la que todos podían ascender hasta el grado de perfección, sin intermediarios, concesiones o prebendas. Y quienes lo alcanzaban se colocaban al servicio de los demás, siguiendo el ejemplo evangélico.

En este sentido, podemos decir que el cristianismo cátaro fue un fenómeno revolucionario, un movimiento que se propagó rápidamente por toda Europa occidental. El catarismo intentó mostrar, en la sociedad de su época, un nuevo modelo social, que defendía valores tales como la libertad, el conocimiento, la igualdad y la fraternidad entre todos los seres humanos.
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Enseñaron el camino hacia la libertad por medio del conocimiento y la autonomía individual. Los cátaros se esforzaron por erradicar la superstición y la superchería, como elementos de control social, promoviendo el uso de la razón libre de dogmas.
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Propiciaron la igualdad entre todos los seres humanos, sin ninguna distinción. En una sociedad medieval, en la que los hombres estaban divididos en tres estamentos sociales, separados entre sí, y donde las mujeres tenía un papel social muy secundario, los cátaros se esforzaron por reconocer a todos los seres humanos en un plano de igualdad.
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No sería extraño que esta activa participación femenina en el catarismo influyera en algunos casos sobre la comunidad monástica católica femenina. Inocencio III (1161-1216)  formula las dificultades que tiene la Iglesia con algunas de sus comunidades monásticas:

Hemos conocido recientemente algunas noticias que nos han sorprendido mucho: en las diócesis de Burgos y Valencia, las abadesas bendicen directamente a sus propias religiosas. Si éstas cometen una falta, las confiesan y, además, tienen la audacia, cuando leen el Evangelio, de predicarlo públicamente. (…) Incluso aunque la Virgen María fuera más digna y excelente que todos los apóstoles, fue a ellos, y no a ella, que Dios confió las llaves del Reino.
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En un mundo plagado de violencia, egoísmo, luchas y sufrimiento, fueron capaces de mantener una enseñanza de no violencia absoluta hacia todo y hacia todos, incluso aunque su propia vida estuviera en peligro. Su mansedumbre, su entrega y dedicación se convirtió en la imagen más viva y clara de la utopía cristiana.
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La paciencia y la alegría con que soportaban las torturas y la muerte en las hogueras eran incomprensibles para quienes ejercían el dominio sobre el mundo.